Los editores que seleccionaron Frankenstein para la colección de novelas Standard me expresaron su deseo de que incluyera un relato en el que contara el origen de la historia. Lo haré gustosamente pues así podré responder a una pregunta que a menudo me ha sido planteada: ¿cómo una joven muchacha pudo imaginar una idea tan espantosa? Si bien es cierto que soy contraria a mostrarme en mis escritos, mi relato aparecerá como un apéndice a una obra de juventud, y quedará confinado a aquellos tópicos relacionados con mi profesión literaria; no puedo, por lo tanto, considerar impertinente esta explicación personal. (...)
De niña viví principalmente en Inglaterra, pero pasaba mucho tiempo en Escocia. Visité ocasionalmente las regiones más pintorescas, pero mi residencia habitual fueron las monótonas y desoladas playas del Tay, cerca de Dundee. Al volver la vista atrás las veo monótonas y desoladas, pero entonces no lo eran en absoluto para mí. Eran el reino de la libertad y la amena región en la que podía, sin ser oída, comunicarme con las criaturas de mi imaginación. Escribía entonces, pero mi estilo rebosaba de lugares comunes. Era bajo los árboles del jardín de nuestra casa o en las desnudas montañas de los alrededores, donde nacían y se nutrían mis verdaderas composiciones, los aéreos vuelos de mi imaginación. Yo no era la heroína de tales cuentos. Vista desde mi perspectiva, la vida me parecía un lugar demasiado común y no llegaba a concebir que las historias románticas o los incidentes maravillosos pudieran tenerme como protagonista. Pero como no estaba limitada a mi identidad, podía poblar las horas con creaciones mucho más interesantes que mis propias sensaciones.
Más tarde mi vida se volvió más agitada y la realidad ocupó el lugar de la ficción. No obstante, mi esposo manifestó desde el principio mucho interés en que yo demostrara mi talento y me enrolara en las páginas de la fama. Me estimulaba constantemente para que obtuviera reputación literaria, lo cual por aquel entonces era también mi aspiración, a la cual me he vuelto en la actualidad completamente indiferente. En aquel tiempo, él quería que yo escribiera, no tanto con la idea de que yo pudiera producir algo notable por su valor, sino para juzgar hasta qué punto serían prometedoras mis obras futuras. Pero no hice nada. Los viajes y los cuidados domésticos ocuparon mi tiempo; en lo que respecta al estudio literario, todo lo que hice fue leer y perfeccionar mis ideas estando en comunicación con el espíritu de Shelley mucho más cultivado que el mío.
En el verano de 1816 visitamos Suiza y fuimos vecinos de Lord Byron. Al comienzo, pasábamos las horas en el lago o caminando por sus playas; y Lord Byron, que estaba escribiendo el tercer canto de Childe Harold, el único de nosotros que llevaba sus pensamientos al papel.
Estos, envueltos en la luz y la armonía de la poesía, parecían grabar las glorias divinas del cielo y de la tierra, cuyas influencias compartíamos con él.
Pero fue un verano muy húmedo y la lluvia incesante nos impedía durante días salir de la casa.
Algunos volúmenes de historias de fantasmas traducidas del alemán al francés cayeron en nuestras manos. Así por ejemplo, la Historia del amante inconstante, quien al querer abrazar a la novia a quien había prometido amor, se encontró en los brazos del pálido fantasma de aquella otra mujer que había abandonado.
También recuerdo la historia del pecaminoso fundador de aquella raza cuyo sino fatal era dar el beso de la muerte a los jóvenes de su maldita estirpe, cuando éstos alcanzaban la edad de casarse. Se lo veía avanzar lentamente a la medianoche por los sombríos senderos, su talla gigantesca, vestido como el fantasma en Hamlet, con una armadura completa y la visera levantada. En algunos momentos, la forma espectral se confundía con las sombras que proyectaban las murallas del castillo. Luego una reja chirriaba, se oían pasos, la puerta de la habitación se abría, y él avanzaba hacia la cama donde los jóvenes dormían, acunados por un saludable sueño. Una tristeza infinita aparecía en su rostro cuando se inclinaba para besar la frente de los muchachos quienes a partir de ese momento se marchitaban como flores arrancadas de sus tallos. No he vuelto a leer estas historias desde entonces, pero sus intrigas permanecen en mi mente como si las hubiera leído ayer nomás.
Un día dijo Lord Byron: "Cada uno de nosotros va a escribir una historia de fantasmas", y todos aceptamos su propuesta. Éramos cuatro. El noble escritor comenzó un cuento, del cual más tarde incluyó un fragmento al final de su poema Mazeppa. Shelley, más apto para transmitir ideas y sentimientos a la luz de brillantes imágenes y con la música de los versos más melodiosos que adornan nuestro idioma que para inventar la tramoya de una historia, comenzó un poema basado en experiencias de su niñez. El pobre Polidori imaginó un relato referido a una dama con cabeza de calavera que tuvo este castigo por espiar a través de la cerradura; no recuerdo ahora qué intentaba ver, seguramente algo muy impresionante y censurable; pero cuando se la redujo a una condición peor que la del famoso Tom of Coventry, el autor ya no supo qué hacer con ella y tuvo que enviada a la tumba de los Capuletos, el sitio más adecuado para ella, sin duda. Los ilustres poetas, fastidiados por la trivialidad de la prosa, rápidamente abandonaron esta incómoda tarea.
Por mi parte, yo me puse a pensar en una historia, que pudiera rivalizar con aquellas que nos habían incitado a emprender este desafío. Una historia que tocara los miedos ocultos de nuestra naturaleza y que despertara un horror espeluznante, que hiciera que el lector temiera apartar su vista de la página un instante para mirar alrededor, que le congelara la sangre y que acelerara los latidos de su corazón. Si no cumplía con estos requisitos, mi historia de fantasmas no sería merecedora de tal nombre. Pensé y reflexioné durante horas, pero todo era en vano. Sentía aquella incapacidad de invención que es la mayor desgracia de los creadores, cuando la insípida
Nada responde a nuestras ansiosas invocaciones. Cada mañana me preguntaban si había pensado en una historia, y cada mañana me veía forzada a responder con una mortificante negativa.
Cada cosa debe tener su comienzo, para hablar en términos de Sancho; y este comienzo debe estar ligado a algo anterior. Los hindúes imaginan al mundo sostenido por un elefante, pero colocan al elefante sobre una tortuga. La invención, debemos admitido con humildad, no consiste en crear algo del vacío, sino desde el caos. En primer lugar, los materiales deben estar disponibles: se puede dar forma a sustancias oscuras e informes, pero no se puede crear la sustancia misma. En todos los asuntos que implican descubrimiento e invención, aun aquellos que dependen de la imaginación, nos viene a la mente la historia de Colón y su huevo. La invención consiste en la capacidad para captar la potencialidad de un tema, y en el poder de modelar y ajustar las ideas que él nos sugiere.
Por su parte, en aquellos días, Lord Byron y Shelley mantuvieron muchas y largas conversaciones, de las que yo era un testigo devoto, aunque casi siempre silencioso. En una de ellas, los interlocutores dialogaron acerca de varias doctrinas filosóficas, y se discutió sobre la naturaleza del principio de la vida, y sobre si existía alguna posibilidad de que fuera descubierto y transmitido.
Hablaron de los experimentos del Dr. Darwin (no hablo sobre lo que este doctor realmente hizo, o dijo que hizo, sino más bien, sobre lo que se decía en aquella época que había hecho), quien había conservado un pedazo de vermicelli bajo una campana de vidrio y por algún medio extraordinario se había logrado que comenzara a moverse por su propia voluntad. Esto demostraba que se podía dar vida a algo inanimado. Tal vez un cadáver pudiera ser vuelto a la vida; en todo caso, los desarrollos del galvanismo habían dado algún indicio para pensar en ello.
Quizás las diferentes partes de una criatura podrían ser fabricadas, armadas, y dotadas del hálito vital. Recuerdo que después de una de estas veladas y cuando había pasado ya la hora de las brujas, nos retiramos a descansar. Al apoyar la cabeza en la almohada, no me pude dormir, ni tampoco podría decir que pensaba. Era mi imaginación espontánea la que me poseía y me guiaba, dotando a las sucesivas imágenes que surgían en mi mente de una nitidez inusual en las ensoñaciones. Vi -con los ojos cerrados, pero con una aguda visión mental- al pálido estudiante de artes profanas arrodillado junto al ente que había armado. Vi la espantosa figura de un hombre yaciendo inerte y que, poco después, con la ayuda de una poderosa máquina daba señales de vida y comenzaba a moverse con dificultad. Debía de ser pavoroso, tanto como lo puede ser el que un ser humano trate de imitar el estupendo mecanismo del Creador del mundo. Su éxito aterrorizaría al artista quien huiría velozmente de su odiosa creación. De allí en más, su única esperanza sería que se desvaneciera la chispa de vida que le transmitió; que este ser que recibió una ani-mación tan imperfecta se hundiera en la muerte. Y dormiría creyendo que el silencio de la tumba podría extinguir para siempre la existencia de aquel espantoso cadáver que llegó a considerar como fuente de vida. Duerme, pero se despierta. Abre los ojos y contempla que el horrible ser se ha parado al costado de su cama, ha descorrido los velos, y lo mira con ojos amarillos, acuosos, pero especulativos.
Yo abrí mis ojos aterrorizada. Esta idea se apoderó de mi mente a tal extremo que sentí un escalofrío de miedo recorriéndome el cuerpo, y busqué reemplazar esta desagradable imagen de mí mente por la realidad que me rodeaba; allí estaban la habitación, la madera oscura del piso, las persianas cerradas y atravesadas por el brillo de la luna, y más allá el lago cristalino y los altos Alpes nevados.
No me fue fácil deshacerme de mi horrible fantasma, todavía me obsesionaba. Debía pensar en algo distinto y para ello, recurrí a mi vieja y desgastada historia de fantasmas. ¡Oh! ¡Si pudiera solamente inventar una historia que asuste a mi lector como yo misma he sido espantada esta noche!
La idea se me ocurrió con la rapidez de la luz: "¡Por fin lo encontré! Lo que me hizo morir de miedo, seguramente hará morir de miedo a los otros; ¡solamente necesito describir el espectro que acechó mi almohada!".
A la mañana siguiente pude anunciar que tenía una historia. Ese día inicié mi relato con estas palabras: "En una lluviosa noche de noviembre..." y luego transcribí las tétricas escenas de aquello que había soñado despierta.
Al principio pensé en un cuento corto de unas pocas páginas, pero Shelley me sugirió que desarrollara esa historia con más extensión. Por cierto, mi esposo no me sugirió ninguno de los incidentes que relato, ni tampoco los sentimientos que allí se muestran, pero sin su estímulo mi obranunca hubiera tomado la forma en que fue finalmente dada a conocer. Por supuesto debo exceptuar de lo dicho el prefacio que, según puedo recordar, fue enteramente escrito por él.
Y ahora una vez más, pido a mi horrible progenie que salga y prospere. Me une a ella un especial afecto porque fue el resultado de días felices, en que la muerte y el dolor eran solo palabras que no encontraban eco en mi corazón. Sus páginas evocan muchas caminatas, paseos y conversaciones en una época en que no estaba sola todavía, y mi compañero era aquel a quien no volveré a ver más en este mundo. Pero esto es únicamente para mí. Mis lectores no tienen nada que ver en estas reflexiones.
Solo añadiré una palabra más sobre los cambios que he realizado y que son principalmente de estilo. No he alterado ninguna parte de la historia ni tampoco he introducido nuevas ideas o circunstancias. He compuesto el lenguaje en aquellos párrafos en que resultaba demasiado directo como para interferir en la narración, y estos cambios pertenecen casi exclusivamente a la primera parte, no habiendo modificado para nada la sustancia esencial de mi historia.
Londres, 15 de octubre de 1831.
"Introducción de la autora a la edición Standard de Novelas (1831)" de Mary Shelley
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